Todo cambió, menos la escuela
Por Guillermina Tiramonti | Para LA NACION
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ME gustaría invitar a los lectores adultos a hacer el ejercicio de interrogar a hijos, nietos, sobrinos o cualquier chico o chica en edad escolar sobre qué aprenden y cómo aprenden en la escuela. Para hacerse una idea más acabada sobre el tema pueden solicitarles que les muestren cuadernos y carpetas en las que asientan su actividad escolar.
De sus respuestas y de la observación de los materiales de registro podrán deducir que, si bien hay cambios, los chicos de hoy aprenden de la misma forma que hace 60 años o más. Se sigue un programa con una secuencia lineal predefinida por el texto o el manual escolar; el chico copia frases, ilustra con dibujos o pega fotocopias provenientes de seudorrevistas pedagógicas que encuentran en el anacronismo escolar una inagotable fuente de recursos. Se trata de un modo de enseñar y aprender generado a la luz de una cultura que se ha transformado radicalmente en los últimos 40 años, sin que la escuela lo haya podido registrar.
Esto quiere decir que chicos y chicas de la generación post alfa, nacidos y criados en diálogo con tecnologías que, a través de la imagen, los sonidos y la palabras les dan acceso a todo aquello que pueden desear conocer, saber o experimentar, diariamente deben concurrir a un aula donde están obligados a hacer el ejercicio esquizofrénico de olvidar esa realidad.
Muchos de esos chicos han experimentado ya un modo fascinante de construir el conocimiento siguiendo el hilo de una investigación que pueden hacer por sí mismos a través de Internet. Saben que si la escuela los habilitara y los maestros los guiaran, el aburrimiento escolar podría transformarse en una entretenida aventura. Pero no es así, y la cotidianidad de la escuela les ofrece en cambio una fotocopia con espacios vacíos para rellenar, dibujitos para colorear, información para relevar en el manual, recortes para pegotear o la copia del pizarrón.
El lector podrá completar el ejercicio repasando los comentarios mediáticos de opinadores, expertos y habladores en general, que dicen que los chicos sufren de un síndrome de baja atención que no les permite concentrarse en la tarea escolar, o que hay problemas con las familias y los padres que no tienen suficiente autoridad como para obligar a sus hijos a soportar, sin generar conflictos, el ejercicio de la abstracción esquizofrénica que les exige la escuela.
Si el lector desea profundizar en el conocimiento del problema escolar, podrá seguir con la lectura y descubrir que, según muchos, el creciente malestar docente no proviene de la dificultad de enseñar como hace 70 años a chicos y chicas de hoy. Que esto no tiene que ver con la comprobación diaria de que el esfuerzo de enseñar de ese modo es un ejercicio inútil, ni con la impotencia que les genera a los docentes estar obligados a una práctica que los desgasta y mella su dignidad profesional, sino con una juventud perversa nacida en familias irresponsables.
Si en su indagación el lector llega a esta página, me siento en la obligación de informarlo de que el rey está desnudo y que pedagogos, expertos en educación, intelectuales y funcionarios del sector, seguramente por la vergüenza que nos da una desnudez de la que somos responsables, lo dejamos pasar sin señalarlo y levantamos el dedo acusador cuando algún espejo nos devuelve su imagen.
Quiero compartir con ustedes que no creo que las familias vengan defectuosas, que los padres carezcan de autoridad, que los chicos de hoy presenten fallas de aprendizaje. Por el contrario, se trata de padres, familias y jóvenes que son producto del mundo contemporáneo y, por tanto, disfuncionales para una institución que, abandonada por quienes deberíamos innovarla, persiste en una práctica antigua que sólo se puede sostener en el supuesto de un mundo que ya no existe.
© LA NACION.
http://www.youtube.com/watch?v=E2Xa8KOGflw
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